A nuestras madres
Se callaba para evitar problemas, se tragaba sus palabras como si sentir fuera peligroso.
No se compraba algo bonito, porque “era un gasto innecesario”, aunque a otros nunca les negara nada.
Vivía cansada, y nunca paraba. Decía que si yo me sentaba, era una inútil.
Se arreglaba solo en ocasiones especiales, como si su belleza necesitara permiso para salir.
Se ocupaba de todos menos de ella misma, y parecía que su valor dependía de cuánto podía dar.
No pedía ayuda, aunque estuviera rota por dentro.
Y sin darme cuenta, yo también aprendí a callarme, a cansarme sin parar, a sentir culpa por querer algo para mí.
Esa fue la escuela donde aprendimos a mirarnos, con dureza, con culpa, con exigencia, a repetir un modelo de amor donde siempre la última en la lista somos nosotras.
Ese espejo ya no tiene por qué definirnos, podemos elegir una mirada nueva, más suave, más amorosa, más nuestra, y al mismo tiempo recordar que el cansancio y el silencio no son destino, sino cadenas que hoy podemos soltar.
Hoy elijo detenerme, mirarme, y darme lo que a ella siempre le faltó: permiso para vivir.
Pero esa herencia no es mía, no quiero seguir la misma historia.
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